Efecto Coriolis
El efecto Coriolis no surge de una fuerza real, sino de observar el movimiento desde un sistema de referencia en rotación. Una masa de aire en reposo sobre el ecuador posee una inercia hacia el este de aproximadamente 1.670 km/h, igual a la velocidad superficial de la Tierra en ese punto. Si esa masa se desplaza hacia latitudes mayores, conserva gran parte de ese momento lineal hacia el este mientras la superficie bajo ella se mueve progresivamente más despacio (unos 1.445 km/h a 30° N, 838 km/h a 60° N y prácticamente cero en los polos). La masa de aire adelanta entonces a la superficie y se desvía hacia el este, lo que en el hemisferio norte equivale a una deflexión hacia la derecha respecto a la dirección de desplazamiento. La magnitud es proporcional al parámetro de Coriolis f = 2 x Omega x sin(latitud), donde Omega es la tasa de rotación terrestre, de 7,29 x 10^-5 rad/s. El efecto es máximo en los polos (sin 90° = 1) y exactamente nulo en el ecuador (sin 0° = 0), razón por la cual las circulaciones tropicales están mucho menos influidas por él.
En el hemisferio sur el sentido de rotación se invierte respecto a un observador en la superficie, por lo que la deflexión es hacia la izquierda de la trayectoria. Esto produce la asimetría globalmente observada en el giro de las tormentas: los sistemas de baja presión de latitudes medias rotan en sentido antihorario en el hemisferio norte y en sentido horario en el hemisferio sur. El efecto Coriolis no determina el sentido de vaciado de un desagüe doméstico, ya que la fuerza es aproximadamente diez millones de veces más débil que la gravedad a esa escala. Sin embargo, resulta esencial para establecer la dirección de los vientos alisios, el giro de huracanes y tifones, y la circulación a gran escala de los giros oceánicos. Los cálculos de artillería y balística de largo alcance también deben tenerlo en cuenta: un proyectil disparado 1.000 km hacia el norte desde el ecuador se desvía unos 220 m hacia el este si no se aplican las correcciones necesarias.